viernes, 30 de abril de 2010

-Yo sè que le importo y que si me muero ella llorarìa-dijo limpiàndose las làgrimas mientras adornaba su tumba con brillos, girnaldas y carteles. Era de noche. El frìo corrìa por las venas y el cielo estaba estrelladìsimo. No habìa caso, ella querìa morir. Porque su amada no la supo amar tanto como ella lo hizo. Porque no la viò cuando ella estaba ahì parada frente a sus narices. Porque no pudo quererla tanto como ella, porque no lo soportò. Querìa morir para ver si le importaba, entonces, a su màs preciado recuerdo de la secundaria. Querìa saltar de algùn edificio y morir pero poder observar el panorama, y verla llorar asi como ella lo habìa hecho tantas veces y al fin poder descanzar. Sabiendo, ya, que al finy al cabo le importaba un poco. Que al fin y al cabo, su mamà y sus amigas no tenìan la razòn. Extasiada subiò el volùmen de su reproductor de mùsica. Se puso los patines y saliò a la pista. Morìa en cada vuelta que daba, suave y ligera cual pàjaro volando por el aire. Sangraba en cada rose del patin con el hielo blanco. Se ahogaba con cada salto, cada caìda bien hecha. Se estrellaba contra algùn piso entre la multitud de gente observadora, curiosa y aterrada a la vez. Se preguntaba si, tal vez, un pedazito de su amada morìa tambièn.

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